Opinión del autor
Investigación Previa
Lo que no conocía
MÁXIMA ACUÑA
LA DAMA DE
LA LAGUNA AZUL
VERSUS
LA LAGUNA NEGRA
Fotografía de Antonio Sorrentino
/ Phoss
Una
mañana de enero de 2015, con el fin de poner los cimientos de una casa, Máxima
Acuña Atalaya picaba las piedras de una colina con golpes secos y certeros como
los de un leñador. Acuña mide menos de un metro y medio, pero carga rocas del doble de
su peso sobre la espalda y destaza un carnero de cien kilos en minutos.
Cuando visita la ciudad de Cajamarca, la capital de la sierra norte del Perú
donde ella vive, teme que la atropellen los autos, pero es capaz de enfrentar a
una retroexcavadora en movimiento para defender el terreno que habita, el único
con abundante agua para sus cultivos. Nunca aprendió a leer y escribir, pero desde 2011 ha impedido que una
minera de oro la expulse de su casa. Para campesinos, defensores de
derechos humanos y ecologistas, Máxima Acuña es un ejemplo de coraje y resistencia. Para quienes el
progreso de un país depende de explotar sus recursos naturales, Máxima Acuña es
una campesina terca y egoísta. O, peor aún, una mujer que busca sacarle dinero
a una compañía millonaria.
—Me han
dicho que debajo de mi terreno y de la laguna hay bastante oro —dice Máxima
Acuña, con su voz aguda—. Por eso quieren que me largue de aquí.
La laguna
se llama Azul, pero ahora luce gris. Aquí, en las montañas de Cajamarca, a más
de cuatro mil metros de altitud, una espesa niebla lo cubre todo y disuelve el
perfil de las cosas. No se oyen cantos de aves, ni hay árboles altos, ni cielo
azul, ni flores en los alrededores, porque casi todas mueren congeladas por el
viento frío cercano a los cero grados. Todas excepto las rosas y las dalias que
Máxima Acuña lleva bordadas en el cuello de su blusa. La vivienda de barro,
piedras y calaminas donde vive ahora, dice, está a punto de derrumbarse por las
lluvias. Necesita construir una casa nueva, aunque no sabe si conseguirá
hacerlo. Más allá de la niebla, a unos metros frente a su predio, está la
Laguna Azul, donde hace unos años Máxima Acuña pescaba truchas junto a su
esposo y sus cuatro hijos. La
campesina teme que la empresa minera Yanacocha la despoje de la tierra donde
vive y convierta la Laguna Azul en un depósito para unos quinientos millones de
toneladas de desechos tóxicos que saldrán de un nuevo tajo minero.
En quechua, Yanacocha significa ‘Laguna Negra’.
También es el nombre de una laguna que dejó de existir a inicios de los noventa
para dar paso a una mina de oro de tajo abierto considerada en su mejor época
la más grande y rentable del mundo. Debajo de las lagunas de Celendín, la
provincia donde viven Máxima Acuña y su familia, hay oro. Para extraerlo, la
minera Yanacocha ha diseñado un proyecto llamado Conga que, según economistas y
políticos, llevaría al Perú hacia el Primer Mundo: vendrían más inversiones y
por tanto más puestos de trabajo, modernas escuelas y hospitales, lujosos
restaurantes, nuevas cadenas de hoteles, rascacielos y, como anunció el
Presidente del Perú, quizá hasta un tren subterráneo en la capital. Para conseguir todo ello, sin
embargo, Yanacocha dice que será necesario secar una laguna ubicada a más de un
kilómetro al sur de la casa de Máxima Acuña, para convertirla en una mina de
tajo abierto. Después, utilizaría otras dos lagunas para depositar allí los
desechos. La Laguna Azul es una de ellas. Si eso sucede, dice la campesina,
podría perder todo lo que su familia posee: las casi veinticinco hectáreas de
tierra rebosante de ichu y otros pastos alimentados por manantiales. Los pinos
y queñuales que le proveen de leña. Las papas, ollucos y habas que hay en su
chacra. Y, sobre todo, el agua que beben su familia, sus cinco ovejas y sus
cuatro vacas. A diferencia de sus vecinos que vendieron sus tierras a la
compañía, la familia Chaupe-Acuña es la única que todavía vive junto a la
futura zona de extracción del proyecto minero: el corazón de Conga. Ellos dicen
que jamás se irán de allí.
—Algunos
comuneros dicen que por mi culpa no tienen trabajo. Que la mina no funciona
porque estoy acá —dice la campesina—. ¿Qué hago? ¿dejo que me quiten mi terreno
y mi agua?
Máxima
Acuña se detiene, deja de picar las rocas y se seca el sudor de la frente. Su pelea con Yanacocha, cuenta, se
inició con la construcción de un camino. Una mañana de 2010, Acuña se levantó
con un dolor punzante en el vientre. Tenía una infección en los ovarios que no
la dejaba caminar. Sus hijos alquilaron un caballo para llevarla hasta la choza
que heredaron de su abuela, en un caserío a ocho horas de allí, para que se
recuperara. Un tío suyo se quedaría a cuidar su chacra. Tres meses después,
cuando logró reponerse, ella y su familia regresaron a casa, pero encontraron
algo distinto en el paisaje: la antigua trocha de tierra y piedras que cruzaba
una parte de su predio se había convertido en un camino amplio y llano. Unos
obreros de Yanacocha, les dijo su tío, habían llegado con aplanadoras. La
campesina fue a reclamar a las oficinas de la compañía en las afueras de
Cajamarca. Insistió durante días hasta que un ingeniero la recibió. Ella le
mostró su certificado de posesión.
—Ese
terreno es de la mina —dijo él, mientras ojeaba el documento—. La comunidad de
Sorochuco lo vendió hace años. ¿Acaso no sabía?
Sorprendida
y enfadada, la campesina solo tenía preguntas. ¿Cómo podía ser eso cierto si
ella había comprado esa parcela en 1994 al tío de su marido? ¿Cómo podía ser si
ella había criado ganado ajeno y ordeñado vacas durante años para ahorrar el
dinero? Ella había pagado dos toros, de casi cien dólares cada uno, para
adquirir ese terreno. ¿Cómo podía ser Yanacocha dueña del predio Tragadero
Grande si ella tenía un papel que decía lo contrario? Esa tarde el ingeniero de
la empresa la despidió de su oficina sin respuestas.
Medio año
después, en mayo de 2011, días antes de su cumpleaños número cuarenta y uno, Máxima Acuña salió temprano a casa
de una vecina para tejerle una frazada de lana de oveja. Al regresar encontró
su choza reducida a cenizas. Los corrales de sus cuyes estaban tirados. La
chacra de papas destruida. Las piedras que su esposo Jaime Chaupe juntaba para
construir una casa estaban desperdigadas. Máxima Acuña denunció a
Yanacocha al día siguiente, pero la denuncia fue archivada por falta de
pruebas. Los Chaupe-Acuña construyeron una choza provisional. Intentaron seguir
con sus vidas hasta que llegó agosto de 2011. El relato de Máxima Acuña y su
familia sobre lo que Yanacocha les hizo a inicios de mes, es una secuencia de abusos
que temen que se vuelva a repetir.
El lunes
8 de agosto un policía llegó hasta la choza y pateó las ollas donde preparaban
el desayuno. Les advirtió que debían dejar el terreno. No lo hicieron.
El martes
9 unos policías y vigilantes de la minera confiscaron todas sus cosas,
desataron la choza y le prendieron fuego.
El
miércoles 10 la familia durmió a la intemperie sobre la pampa. Se taparon con
ichu para protegerse del frío.
El jueves 11 un centenar de policías con cascos,
escudos antimotines, garrotes y escopetas fueron a desalojarlos. Una
retroexcavadora venía con ellos. La hija menor de Máxima Acuña, Jhilda Chaupe,
se arrodilló frente a la máquina para impedir que ingresara al terreno.
Mientras unos policías intentaban apartarla, otros apaleaban a su madre y
hermanos. Un suboficial golpeó a Jhilda en la nuca con la culata de una
escopeta, ella se desmayó y el escuadrón, asustado, se replegó. Ysidora Chaupe,
la hija mayor, grabó el resto de la escena con la cámara de su celular. El
video dura un par de minutos y se puede ver en Youtube: su madre grita, su
hermana está inconsciente en el suelo. Los ingenieros de Yanacocha miran de
lejos, al lado de sus camionetas. Los policías formados están a punto de
marcharse. Ese día fue el más frío de ese año en Cajamarca, aseguran los
meteorólogos. Los Chaupe-Acuña pasaron la noche a la intemperie a siete grados
bajo cero.
La
empresa minera ha negado esas acusaciones una y otra vez ante jueces y
periodistas. Piden pruebas. Máxima Acuña sólo tiene certificados médicos y
fotos que registran los moretones que le dejaron en los brazos y las rodillas.
Ese día, la policía redactó un acta que acusa a la familia de haber atacado a
ocho suboficiales con palos, piedras y machetes, pero a la vez reconoce que no
tenía poder para desalojarlos sin el permiso de un fiscal.
—¿Has
escuchado que las lagunas se venden? —pregunta Máxima Acuña, mientras levanta una
pesada roca con las manos— ¿O que los ríos se venden, el manantial se
vende y se prohíbe?
Después
de que los medios difundieran su caso, la lucha de Máxima Acuña ganó seguidores
en el Perú y el extranjero, pero también escépticos y enemigos. Para Yanacocha,
ella es una usurpadora de tierras. Para miles de campesinos en Cajamarca y
activistas del medio ambiente ella es La Dama de la Laguna Azul, como la
empezaron a llamar cuando su resistencia se hizo conocida. La vieja metáfora de
David contra Goliat se volvió inevitable: era la palabra de una campesina
contra la de la minera de oro más poderosa de Latinoamérica. Pero lo que estaba en
juego, en realidad, involucraba a todos: el caso de Máxima Acuña enfrenta
diferentes visiones de aquello que llamamos progreso.
***
Salvo las ollas de acero en las que cocina
y el diente postizo de platino que luce cuando sonríe, Máxima Acuña no tiene
otro objeto de metal que sea valioso. Ni un anillo, ni una pulsera, ni un
collar. Ni de fantasía ni de metal precioso. Le cuesta entender la fascinación que sienten las
personas por el oro. Ningún otro mineral ha seducido y trastornado tanto la
imaginación humana como el destello del metal con el símbolo químico Au. Basta
revisar cualquier libro de Historia Universal para confirmar que el deseo de
poseerlo ha precipitado guerras y conquistas, fortificado imperios, arrasado
montañas y bosques. Hoy
el oro convive con nosotros desde prótesis dentales hasta componentes de
celulares y laptops, desde monedas y trofeos hasta lingotes de oro en bóvedas
bancarias. El oro no es vital para ningún ser vivo. Sirve, sobre todo,
para alimentar nuestra vanidad y nuestras ilusiones de seguridad: cerca del sesenta por ciento del oro
que se extrae en el mundo termina en forma de joyas. Y un treinta por ciento se
utiliza como respaldo financiero. Sus principales virtudes —no se oxida, no
pierde su brillo, no se deteriora con el tiempo— lo vuelven uno de los metales
más codiciados. El problema es que cada vez hay menos oro para explotar.
Desde niños hemos imaginado que el oro se
extrae por toneladas y que cientos de camiones lo transportan en forma de
lingotes hasta las bóvedas de los bancos, pero en realidad es un metal escaso.
Si pudiéramos juntar todo el oro que se ha obtenido a lo largo historia y lo
derritiéramos, apenas alcanzaría para llenar dos piscinas olímpicas. Sin embargo, para obtener una onza de oro —cantidad
suficiente para fabricar un anillo de matrimonio— hace falta extraer cerca de
cuarenta toneladas de tierra, tanto como para llenar treinta camiones de
mudanza. Los depósitos más ricos del planeta se agotan y cada vez es más
difícil hallar nuevas vetas. Casi todo el mineral que queda por extraer —una
tercera piscina— yace enterrado en minúsculas cantidades bajo montañas y
lagunas inhóspitas. El paisaje que queda luego de la extracción revela un contraste
superlativo: mientras que las compañías mineras dejan agujeros en la tierra tan
descomunales que pueden verse desde el espacio, las partículas extraidas son
tan diminutas que hasta doscientas de ellas cabrían en la cabeza de un alfiler.
Una de las últimas reservas de oro del mundo yace bajo los cerros y lagunas de
Cajamarca, en la sierra norte del Perú, donde la minera Yanacocha opera desde
fines del Siglo XX.
El Perú es el exportador de oro número uno de
América Latina y el número seis del mundo, después de China, Australia y
Estados Unidos. Esto se debe, en parte, a las reservas de oro que tiene el país
y a las inversiones de transnacionales como Newmont, el gigante de Denver,
quizá la minera más rica del planeta y dueña de más de la mitad de las acciones
de Yanacocha. En un solo día Yanacocha excava unas quinientas mil toneladas de
tierra y roca, un peso equivalente a quinientos aviones Boing 747. Montañas
enteras desaparecen en semanas. Hasta fines de 2014, una onza de oro costaba cerca
de mil doscientos dólares. Para extraer esa cantidad, necesaria para fabricar
unos aretes, se producen casi veinte toneladas de residuos con restos de
químicos y metales pesados. Estos desechos son tóxicos por una razón: hay que
verter cianuro sobre la tierra removida para extraer el metal. El cianuro es un
veneno mortal. Una cantidad del tamaño de un grano de arroz basta para matar a
un ser humano, y un millonésimo de gramo disuelto en un litro de agua puede
matar decenas de peces de un río. La minera Yanacocha insiste en que el cianuro
se mantiene dentro de la mina y es tratado con los más altos estándares de
seguridad. Muchos cajamarquinos no creen que esos procesos químicos sean tan
limpios. Para probar que su miedo no es absurdo o antiminero cuentan la
historia de Hualgayoc, una provincia minera donde las aguas de dos de sus ríos
son de color rojo y donde ya nadie se baña. O la de San Andrés de Negritos,
donde una laguna que abastecía a la comunidad se contaminó con el aceite
quemado que se filtraba de la mina. O la del pueblo de Choropampa, donde un
camión que transportaba mercurio derramó el veneno por accidente e intoxicó a
cientos de familias. Como actividad económica, cierto tipo de explotación
minera resulta inevitable y necesaria para llevar la vida que llevamos. Sin
embargo, la minería, aún la más avanzada en tecnología y la menos agresiva con
el ambiente, es considerada una industria sucia en todo el mundo. Para
Yanacocha, que ya tiene antecedentes en el Perú, limpiar su imagen de errores
ambientales puede ser una tarea tan difícil como resucitar las truchas de un
lago contaminado.
El
rechazo de las comunidades preocupa a los inversionistas mineros, pero no tanto
como la posibilidad de que sus ganancias disminuyan. Según la empresa Yanacocha, solo quedan reservas de oro
para cuatro años más en sus minas en actividad. El proyecto Conga —que será casi tan grande
como una cuarta parte de Lima— permitiría continuar con el negocio. Yanacocha explica que deberá secar cuatro lagunas, pero que
construirá cuatro reservorios de agua que se alimentarán de las lluvias. Según
su estudio de impacto ambiental, será suficiente para abastecer a las cuarenta
mil personas que beben de los ríos nacidos de aquellas fuentes. La minera
explotará oro durante diecinueve años pero promete emplear a unas diez mil
personas e invertir casi cinco mil millones de dólares que le darán al país más
dinero en impuestos. Esa es su oferta. Los empresarios tendrían más dividendos
y el Perú más fondos para invertir en obras y puestos de trabajo, la promesa de
prosperidad para todos.
Pero así como hay políticos y líderes de opinión
que apoyan el proyecto por motivos económicos, también hay ingenieros y
ambientalistas que se oponen por razones de salud pública. Expertos en manejo
de aguas como Robert Moran, de la Universidad de Texas, y Peter Koenig, ex
funcionario del Banco Mundial, explican que las veinte lagunas y seiscientos
manantiales que existen en la zona del proyecto Conga forman un sistema
interconectado de agua. Una especie de aparato circulatorio creado durante
millones de años que alimenta a los ríos y riega las praderas. Dañar cuatro
lagunas, dicen los expertos, afectaría para siempre todo el conjunto. A
diferencia de otras zonas de los Andes, en la sierra norte del Perú —donde vive
Máxima Acuña—, no existen glaciares para abastecer de suficiente agua a sus
habitantes. Las lagunas de estas montañas sirven como reservorios naturales. La
tierra negra y los pastos funcionan como una extensa esponja que absorbe las
lluvias y la humedad de la niebla. De ahí nacen los manantiales y los ríos. Más
del ochenta por ciento del agua en el Perú se destina a la agricultura. En la
cuenca central de Cajamarca, según un reporte del Ministerio de Agricultura de
2010, la cantidad de agua utilizada por toda la minería en un año representó
casi la mitad de lo que consumió la población de la zona durante el mismo
periodo. Hoy miles de agricultores y ganaderos temen que la explotación de oro
contamine las únicas fuentes de agua que tienen.
En
Cajamarca y otras dos provincias implicadas en el proyecto, los muros de
algunas calles están pintados con grafitis: «Conga no va», «Agua sí, oro no».
En 2012, el año más tenso de las protestas contra Yanacocha, la encuestadora
Apoyo anunciaba que ocho de cada diez cajamarquinos estaba en contra del
proyecto. En Lima, donde se toman las decisiones políticas del Perú, la bonanza
crea el espejismo de que el país seguirá llenando sus bolsillos de dinero. Pero
eso solo será posible si Conga va. De lo contrario, advierten algunos líderes
de opinión, ocurrirá una catástrofe. «Si Conga no va, sería como dispararnos a
los pies», escribió en una columna el ex ministro de economía Pedro Pablo
Kuczynski. Para los empresarios, el proyecto Conga sería un salvavidas: el hito
del Antes y el Después. Para campesinos como Máxima Acuña, también significaría
una bisagra en su historia: sus vidas no volverán a ser las mismas si pierden
su principal riqueza. Hay quienes dicen que la historia de Máxima Acuña es
utilizada por grupos antimineros que se oponen al desarrollo del país. Sin embargo,
hace tiempo que las noticias locales empañan el optimismo de los que quieren
inversiones a toda costa: hasta febrero de 2015, en promedio siete de cada diez
conflictos sociales en el Perú fueron causados por la actividad minera, según
la Defensoría del Pueblo. En los últimos tres años, uno de cada cuatro
cajamarquinos ha perdido su empleo. De acuerdo a las estadísticas oficiales,
Cajamarca es la región que más oro produce pero la que más pobres tiene en todo
el país.
***
Si alguien intentara visitar a Máxima
Acuña puede que una tranquera de metal se lo impida. Para llegar a su casa, es
necesario viajar cuatro horas en furgoneta desde Cajamarca a través de valles,
cerros y abismos hasta los alrededores de la Laguna Azul. Hacerlo no sería
complicado si no hubiera que pasar por el puesto de vigilancia del proyecto
minero Conga. Si eres de Lima o del extranjero, no te dejarán continuar. Si
dices que vas a visitar a Máxima Acuña no pasarás, a menos que saques una
cámara de televisión. «Esa señora tiene problemas con la mina», dirá el
vigilante, con chaleco naranja y walkie-talkie en la mano. Entonces te hará
bajar del vehículo y anotará tu nombre en una libreta y le dirás que ese es un
camino público y el repetirá que no, señor, no se puede, esta vía es sólo para
comuneros. Si insistes, llamará a los policías que patrullan en una camioneta
de la minera. «Es propiedad privada», dirán ellos. Entonces quizá pagues algo
extra al chofer que te ha llevado hasta ahí para tomar un desvío y viajar dos
horas más hasta Santa Rosa, la comunidad más cercana a la casa de los
Chaupe-Acuña. Llegarás de noche. A cambio de más dinero, un campesino tal vez
acepte llevarte en su motocicleta por una trocha llena de charcos, hasta llegar
cerca a otro puesto de vigilancia. Entonces tendrás que bajar de la moto y
cruzar una colina, a oscuras y agachado, para que los guardias de Yanacocha no
te vean. Al otro lado, la motocicleta espera. Sigues. Diez minutos después
llegas al terreno. Todo alrededor es barro y pasto y neblina. Ladran unos
perros. Enciendes la linterna para divisar la casa. Caminar por allí de noche
es como andar a ciegas.
—Aquí
vivimos secuestrados —dijo Máxima Acuña la noche en que la conocí, mientras
atizaba la leña para calentar una olla de sopa—. No podemos salir lejos, no
podemos recibir visitas, no podemos caminar con libertad. Es muy triste vivir
como yo vivo.
***
Tres
décadas antes de convertirse en La Dama de la Laguna Azul, Máxima Acuña era una
niña a la que le aterraban los policías. Cada vez que veía uno por las calles de su pueblo, lloraba
y se aferraba a la falda de su madre. La asustaban aquellos hombres de uniforme
verde petróleo y botas polvorientas. Máxima, la tercera de cuatro hermanos, era
demasiado tímida. Cuando llegaban visitas a su hogar en el caserío de
Amarcucho, a setenta kilómetros al norte de Cajamarca, ella se escondía. No
tenía amigas. No jugaba con muñecas, pero le gustaba confeccionar ropa para los
recién nacidos de su barrio. Con los años su cuerpo cambió pero no su
personalidad. No salía a fiestas. No hablaba con chicos. «En realidad, no
hablaba con nadie y era bien terca», recuerda Jaime Chaupe, su esposo, quien se
casó con ella cuando tenía dieciocho años, después de insistirle durante cuatro.
Ella pasaba el día tejiendo sombreros o limpiando los corrales de los cuyes o
recogiendo leña y ayudando a su madre en la chacra. Su padre murió cuando era
una niña y nunca la enviaron a la escuela. Deseaba crecer pronto para trabajar,
tener su propia chacra y comprarse un par de zapatos. Quería que, si algún día
tenía hijos, no caminaran descalzos como ella.
Máxima
Acuña dice que descubrió que tenía coraje cuando vio cómo la policía golpeaba a
su familia, en el primer enfrentamiento con la minera Yanacocha. Durante sus
primeros años de matrimonio la familia de su esposo la marginaba por ser
analfabeta. Por eso siempre fue muy severa con sus hijos al punto de pegarles
si no estudiaban. A lo largo de casi cinco años de juicios, apelaciones y
audiencias que tuvo desde que la intentaron desalojar de Tragadero Grande, supo
qué otras cosas no quería para su vida. Decidió, por ejemplo, que jamás viviría
en una ciudad. La primera vez que fue a Cajamarca para denunciar la destrucción
de su primera choza, casi la atropellan dos veces por no saber qué significaba
la luz roja del semáforo. Descubrió que el humo de los autos le provoca
sarpullido, que los tallarines de los restaurantes le saben asquerosos, que
detesta el sabor de las aceitunas y que no puede salir a la calle sola porque
siempre se pierde. También descubrió que podía expresar lo que sentía a través
de canciones. A Máxima Acuña le gusta cantar. En las marchas junto a otros
campesinos y activistas, nunca falta alguien que le anima a pararse ante la
multitud e improvisar un yaraví —un canto andino triste— que narra su lucha.
Cuando comenzó su pelea con Yanacocha descubrió también cómo se llamaba:
siempre había pensado que ella era Maximina, como le decía su madre, hasta que
su abogada, al leerle su documento de identidad, le dijo que su verdadero
nombre era Máxima. El suyo era un nombre sin diminutivos.
***
Un día
antes de que Máxima Acuña tomara un avión rumbo a Ginebra para denunciar su
caso en las Naciones Unidas, Rocío Silva Santisteban, secretaria ejecutiva de
la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, recuerda que pasó la tarde con
ella en su departamento en Miraflores. Silva Santisteban dice que cuando
salieron a pasear por el malecón, Máxima miraba todo con curiosidad: jamás
había visto construcciones tan altas, ni cruzado avenidas tan luminosas. Jamás
había visto el mar de noche ni desde esa distancia. Pero lo que más le
intrigaba era cómo hacían los limeños para llevar agua hasta el último piso de
los edificios.
Antes de convertirse en un ícono de lucha
antiminera, a Máxima Acuña le sudaban las manos y se ponía nerviosa al hablar
ante una autoridad. Le costó aprender a defenderse delante de un juez. Después
que intentaran desalojarla en agosto de 2011, Yanacocha denunció a la familia
Chaupe-Acuña por el delito de usurpación agravada. Según los abogados de la
empresa, los campesinos habían invadido el terreno luego de golpear a policías
y vigilantes privados. Desde esa fecha, la familia tuvo que asistir a las
audiencias —primero en Celendín, la provincia donde viven, y luego en
Cajamarca— pero no tenían dinero para el transporte. Los esposos Chaupe-Acuña
debían levantarse de madrugada y caminar durante ocho horas hasta la comunidad
de Sorochuco para tomar un bus que los llevara al juzgado. Cuando por fin
llegaban, los magistrados solían postergar la sesión porque los representantes
de Yanacocha no podían asistir. En la ciudad de Cajamarca, los cuatro hijos de
Máxima Acuña estaban alertas. Ellos viven juntos en un cuarto alquilado al
fondo de una carpintería. Allí comen, estudian y duermen. Dicen que se mudan
cada cierto tiempo por seguridad. Una noche dos hombres con pasamontañas
amenazaron de muerte a Ysidora Chaupe cuando salía de la universidad donde estudia
Contabilidad. Daniel Chaupe, su hermano menor, quien enfermó luego de que los
policías lo golpearan en los pulmones, fue rechazado de un trabajo en una
ferretería por ser hijo de «una antiminera». Mientras, en Tragadero Grande,
Máxima Acuña y su esposo aseguran haber soportado el acoso de la empresa.
Cuentan que las camionetas de Yanacocha se estacionaban frente al terreno hasta
seis veces al día. Los vigilantes tomaban fotos, observaban qué hacía la
familia. Un día, dice Máxima, un vehículo de la mina atropelló a dos carneros y
robó dos más. En otra ocasión mataron a Mickey, el perro que cuidaba las ovejas
y ladraba a todo aquel que se acercara a su terreno. Algunas noches dicen haber
escuchado disparos. Lo cuenta toda la familia. Quisieran tener forma de
probarlo.
En la
corte de Celendín, los Chaupe-Acuña perdieron dos juicios. Fueron sentenciados
a casi tres años de prisión y a pagar cerca de dos mil dólares como reparación
a la minera. Debían abandonar ese terreno que habían invadido. Mirtha Vásquez,
abogada de Máxima Acuña, explica que los jueces y fiscales no tomaron en cuenta
las pruebas que había presentado la familia, como el certificado de posesión y
el testimonio de los parientes a quienes habían comprado el terreno. La defensa
de los Chaupe-Acuña apeló a la Corte Superior de Cajamarca y se inició un nuevo
juicio. Durante esos meses, con el apoyo de la cooperación internacional,
Máxima Acuña y su hija mayor viajaron a Europa para contar su caso en el
extranjero. En Suiza —el país que más oro le compra al Perú— se entrevistó con
una oficial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas. En Francia se reunió
con el sindicato metalúrgico y con una senadora que meses después fue a
visitarla a su terreno. En Bélgica, durante un foro sobre derechos humanos, le
contaron sobre otras mujeres con historias parecidas a la de ella. Yolanda
Oqueli, Guatemala: madre de dos niños, baleada varias veces por liderar
protestas pacíficas contra un proyecto minero que invadiría dos comunidades
rurales. Carmen Benavides, Bolivia: amenazada por combatir la minería industrial
que contamina el río donde habita su etnia. Francia Márquez, Colombia:
perseguida por paramilitares que quieren en su pueblo minería de oro a gran
escala. Francisca Chuchuca, Ecuador: denunciada por oponerse a un proyecto
minero de oro que contaminaría dos ríos que abastecen a medio millón de
campesinos. Entre 2012 y 2013, la Unión Latinoamericana de Mujeres registró
cien agresiones a defensoras de la tierra y el agua en todo el continente. Las
acusan de oponerse al progreso.
Máxima Acuña, sin embargo, es diferente a
todas ellas: ella no es dirigente, ni activista, ni tiene aspiraciones de ser
líder. «Solo quiero que me dejen vivir tranquila en mi terreno y que no
contaminen mi agua», ha declarado. Sin proponérselo, la mujer que fue elegida
Defensora del Año 2014 por la Unión Latinoamericana de Mujeres, pasó de ser una
señora tímida a inspirar a quienes luchan para evitar el despojo de sus
tierras. «Ella es una de las pocas personas que no se ha vendido a la mina»,
dice Milton Sánchez, secretario de la Plataforma Interinstitucional de
Celendín, que pasó varias noches en Tragadero Grande, junto a cientos ronderos
y defensores de las lagunas durante las protestas. Glevys Rondón, directora
ejecutiva de la Fundación para el Monitoreo de la Actividad Minera en América
Latina y traductora de Máxima Acuña durante su viaje a Europa, dice que a
diferencia de la mayoría de defensoras, que tienen un discurso articulado, el
de su amiga peruana es muy personal e íntimo. «En el mundo hay más Máximas»,
dice Rondón. En 2003, un empresario enjuició al argentino José Luis Godoy por
la supuesta usurpación de un terreno que habita desde hace seis décadas y que
tiene canteras de granito rojo. En 2011, la policía quemó la casa del
ecuatoriano Alfredo Zambrano para que abandonara el pedazo de bosque tropical
donde vive y que el gobierno expropió para construir una represa. En 2012, unos
sicarios le sacaron los ojos al hijo de la venezolana Carmen Fernández por
oponerse a que las tierras de su etnia sean entregadas a las mineras de carbón.
En 2014, el nicaragüense Fredy Orozco fue acusado de guerrillero por no dejar
que la policía lo desalojara de sus tierras de cultivos para construir un canal
interoceánico. A ellos, al igual que a Máxima Acuña, los han acusado de
sacrificar el progreso de sus países por un beneficio personal. De victimizarse
delante de los periodistas para sacar provecho de las empresas. De ser
utilizados por personas u organizaciones que trabajan para sus propios
intereses.
—Todo el
que cuestione a las compañías extractivas y sea un aliado de los defensores de
la tierra y el agua va a ser atacado —dice el activista y ex sacerdote Marco
Arana, denunciado en múltiples ocasiones por Yanacocha—. A Máxima la llaman
terrateniente, a nosotros terroristas.
Máxima
Acuña explica que solo quiere conservar la única vida que conoce y le
pertenece: cultivar papas, ordeñar vacas, tejer mantas, beber el agua de sus
manantiales y pescar truchas en la Laguna Azul sin que un vigilante le diga
«esto es propiedad privada». Preferiría no tener que pelear para seguir con su
vida, dice. Por eso cuando le piden que narre lo que le ha hecho la minera, a
veces se niega. Dice que durante las reuniones en Europa repetía su historia
diez veces al día. Terminaba tan harta y deprimida que al llegar al hotel solo
podía dormir.
Cuando
regresó a Lima de ese viaje, su salud colapsó. Durante esos meses, con la
incertidumbre del proceso judicial, sufría dolores de cabeza, mareos y se
desmayaba. Rocío Silva Santisteban la llevó al doctor. El diagnóstico: estrés
severo, acentuado por los síntomas de la menopausia. Debía descansar. Le
recetaron pastillas para dormir, jarabes y hormonas. Recibió terapia
psicológica. Dejó de dar entrevistas. Mientras Máxima Acuña recuperaba fuerzas para
su tercer juicio en Cajamarca, Yanacocha amplió su pool de abogados a seis y
contrató a Arsenio Oré Guardia, una eminencia del derecho penal en el país y
asesor de otras mineras poderosas como Barrick y Doe Run. La abogada Mirtha
Vásquez reconoce que se sintió intimidada al litigar con Oré Guardia, autor de
libros que ella había estudiado con obsesión en la universidad. Si antes habían
perdido dos juicios, ahora existía el riesgo de perder contra un maestro del
Derecho. La abogada Vásquez reunió a la familia Chaupe-Acuña en su oficina.
Quería ser sincera: esa sentencia, les dijo, era la última oportunidad que
tenían para ganar. Si perdían la familia debía considerar la posibilidad de
irse a vivir a otra parte. Sí se quedaban sus vidas correrían peligro. Máxima
Acuña le dijo que se quedaría a morir allí.
***
A fines
de 2014, la Corte Superior de Cajamarca declaró que los Chaupe-Acuña eran
inocentes de la supuesta ocupación ilegal de Tragadero Grande. Luego del fallo,
Máxima Acuña creyó que la empresa minera Yanacocha dejaría de hostigarla para
que se fuera. Entonces eligió con su familia una colina protegida por un cerro
a doscientos metros de su casa para levantar una nueva vivienda, pues la que
tenía estaba a punto de caerse por las lluvias. Ella y su familia abrieron
zanjas, recolectaron piedras para las bases y empezaron a hacer las paredes con
arcilla. Pero unas semanas después de que colocaran las primeras rocas, hombres
de seguridad y obreros de Yanacocha ingresaron al terreno con picos y palas
para destruir los cimientos. Máxima Acuña, su esposo y dos muchachos que en ese
momento ayudaban a levantar los muros, intentaron defenderse con piedras. La
seguridad de la minera los ahuyentó a garrotazos. Esa tarde, Yanacocha difundió
un video de lo ocurrido. Dijo que el lugar donde los Chaupe-Acuña construían no
pertenecía a las tierras en litigio, y que actuaron en defensa de su posesión.
La abogada de Máxima Acuña desmintió a Yanacocha: el fallo de la Justicia,
explicó, involucraba todo el territorio que abarca Tragadero Grande. Se
trataba, dijo, de un acto intimidatorio. La policía de Cajamarca —que tiene un
convenio para prestar seguridad a la minera— no intervino. Solo hubo un
escuadrón de suboficiales a un lado del camino junto al terreno, observando desde
lejos cómo Yanacocha deshacía en minutos lo que los Chaupe-Acuña habían
construido.
***
Algunas oficinas de la sede principal de la minera
Yanacocha, en Lima, se llaman El Perol, Mamacocha, Chailhuagón, Azul. Son los
nombres de lagunas que podrían desaparecer por la extracción de oro del
proyecto Conga. El
químico Raúl Farfán es director de Asuntos Externos de la compañía y tiene su
despacho junto a esas oficinas. Es un hombre joven de pelo engominado y ojos atentos
que una mañana me recibió en su departamento de Chacarilla, una zona
residencial de Lima. Su trabajo es encargarse, entre otras cosas, de las buenas
relaciones entre la minera y las comunidades. Él, quien ha dedicado la mitad de
su vida a temas de responsabilidad social en compañías como Shell, Antamina y
Xtrata, dijo que entendía las razones por las que la población desconfiaba de
Yanacocha —«es normal que en estos casos sintamos simpatía por el más débil»—
pero que no todo lo que había declarado la familia era cierto.
—No
destruimos su casa —aseguró Farfán, quien llevaba diez meses en su cargo— sólo
removimos los cimientos de una nueva construcción para que no sigan invadiendo
nuestro predio.
Para
explicar mejor las razones de esa decisión, el químico sacó un mapa. En él
estaban contemplados dos terrenos comprados a la comunidad de Sorochuco en 1996
y en 1997 por el proyecto Minas Conga. Dentro de esas compras estaría incluido
el predio Tragadero Grande que Máxima Acuña y su familia reclaman como suyo. La
junta directiva de Sorochuco firmó los documentos de compra-venta. Samuel
Chaupe, suegro de Máxima Acuña, también firmó y avaló la transferencia del
terreno. De hecho, dijo Farfán, hay fotos satelitales para probar que los
Chaupe-Acuña mienten al decir que vivieron allí desde 1994: en esas imágenes no
hay chozas ni chacras. Para la empresa, la familia invadió los terrenos recién
en 2011, cuando estalló el conflicto de Conga. Yanacocha dice que el
certificado de posesión que muestra Máxima Acuña no es un título de propiedad.
Que solo la comunidad de Sorochuco, que sí tenía títulos, podía vender esas
tierras. Que por eso los denunció y pidió a la policía desalojarlos. Esa es su
versión.
—Con la
construcción de la nueva casa, estaban cometiendo una nueva invasión —dijo
Farfán—. Si ves que alguien extraño construye en tu propiedad, tienes el
derecho de remover esos cimientos en los quince días siguientes. Eso dice la
ley. Hemos defendido nuestra posesión.
Miguel
Ayala, quien era presidente de la comunidad de Sorochuco cuando se vendieron
los primeros terrenos para el proyecto Conga, dice que la versión de la empresa
está distorsionada.
—La
minera dice que la familia ha invadido, pero cómo puede ser si hace quince años
yo firmé y les di a los Chaupe el certificado de posesión de su terreno —dice—.
La comunidad es testigo de que ellos vivían allí incluso desde antes de que
tuvieran el certificado.
Sentado
en un rincón de la bodega que tiene en Cajamarca, Ayala recuerda que los
esposos Chaupe-Acuña llegaban desde Tragadero Grande a Sorochuco para hacer
trueque. Traían papas y ollucos y las cambiaban por las arvejas o el maíz que
otros comuneros como Ayala producían. En las alturas de Celendín, Máxima Acuña
era vecina de su suegro, Samuel Chaupe, quien sí vendió su parcela a la mina
porque firmó el documento que cedía los terrenos a Yanacocha.
—Máxima y
Jaime no firmaron —dice Ayala— por lo tanto no vendieron su predio.
La
disputa entre la familia de Máxima Acuña y la empresa minera se convirtió
también en un asunto de números e interpretaciones geográficas. En 2012, cuando
la disputa entre los Chaupe-Acuña y Yanacocha recién se iniciaba, un experto
del Gobierno Regional de Cajamarca, el ingeniero civil Carlos Cerdán, viajó
hasta Tragadero Grande, el predio de la discordia. Cerdán, un hombre flaco de
nariz angulosa y de anteojos gruesos, es experto en mapas. Durante una mañana
el especialista delimitó el área exacta del terreno usando tres GPS, la carta
nacional y los límites que registran las escrituras de ambas partes. El estudio
concluyó que la parcela adquirida por los Chaupe-Acuña —casi veinticinco
hectáreas— no formaría parte de las tierras compradas por Yanacocha. O en todo
caso, me explicó Cerdán, sólo una parte estaría dentro del terreno de la
empresa, pero no toda la parcela. Esto ocurre por un detalle: si bien los
límites están claros en los documentos de ambas partes, hay problemas de
cálculo. Todo es una confusión de números y papeles que no se ajustan a la
realidad. No hay mapas infalibles.
—Pero
todos cometemos errores —dijo el ingeniero—. Incluso puede que yo esté
equivocado.
El
estudio del experto en mapas no fue considerado en ningún momento del juicio.
Tanto la defensa de los Chaupe-Acuña como la de Yanacocha han reconocido que
para resolver la disputa sería necesario ir a un juicio civil donde cada uno
presentara sus pruebas para demostrar quién es el propietario. Aún cuando este
proceso se inicie, Yanacocha
no dejará que Máxima Acuña y su familia construyan una nueva casa.
—Queremos
evitar que haya una invasión sistemática de terrenos, que venga otra familia y
quiera invadir —dice Raúl Farfán, directivo de Yanacocha—. No queremos sentar
un precedente.
El
gerente de Asuntos Legales de la minera, el abogado Wilby Cáceres, es más
enfático en su temor. Para él, la zona donde los Chaupe-Acuña intentan
construir otra vivienda ha sido habitada por dirigentes antimineros durante las
protestas contra el proyecto Conga. «Nos preocupa que la propiedad sea ocupada
por ellos». Aunque otros ejecutivos de Yanacocha no lo reconocerían delante de
una grabadora, hay otra razón evidente: si Máxima Acuña y su familia se quedan
ahí, Conga no podría realizarse.
***
La Dama
de la Laguna Azul está de pie, vigilando sus ovejas sobre la pampa. Lleva un
radio a pilas colgado en el hombro derecho y escucha huaynos de una emisora
evangélica llamada Tigre. Ha pasado un mes desde la vez que ella picaba y
cargaba piedras en esta colina, solo que ahora el terreno que pisa está
cubierto con escombros de barro, paja y madera mojada por las lluvias. Son los
restos que quedaron de lo que iba a ser su nueva casa. Junto a ellos, a unos
metros, la minera Yanacocha ha colocado un extenso cerco de malla a lo largo de
una pradera para criar alpacas. Dentro hay una caseta de seguridad que mira
directamente a la casa de Máxima Acuña. La campesina dice que uno de los
vigilantes se acercó hace unos días para ofrecerle trabajo a su esposo. Le dijo
que Yanacocha ya no quería pelear.
—Ahora
quieren paz, quieren diálogo. ¿Acaso soy cualquier cosa para que me hagan lo
que les da la gana y de ahí no pasa nada? —se queja Máxima Acuña, levantando la
voz en medio de la pampa—. Me han difamado. Han golpeado a mis hijos. Ahora
quieren darnos trabajo. Prefiero no tener plata. Mi tierra me hace feliz, pero
el dinero no.
Por esos
días, algunos medios habían difundido la existencia de unos títulos de
propiedad que demostraban que los esposos Chaupe-Acuña era dueños de otros
nueve terrenos —casi ocho hectáreas en total— en Sorochuco. Esas noticias daban
a entender que la familia llegaba a un terreno vacío, lo ocupaba y luego se lo
apropiaba. Sin sutilezas, presentaban a Máxima Acuña con una usurpadora
profesional. Ysidora Chaupe, hija mayor de la campesina, recuerda que luego de
esas noticias recibió decenas de llamadas de gente que apoyaba su causa y que
le preguntaba si en verdad tenían más terrenos y por qué no lo habían
mencionado antes.
—Nos han
difamado diciendo que tenemos una casa en Cajamarca, que mi mamá es una
terrateniente, que ella ha trabajado en un chifa de Lima, que quiere sacarle
plata a la mina —me dijo Ysidora Chaupe, mientras amamantaba a su hijo recién
nacido—. Pero no nos importa si la gente no nos cree. Tenemos los documentos.
Ya declaramos todo en el juicio.
En las
escrituras de compra-venta que guarda Máxima Acuña, esos terrenos aparecen como
herencia de sus padres o compras a sus hermanos, por los que ha pagado un
carnero o un toro. Son parcelas dispersas, ubicadas en laderas de cerros.
Algunas tienen pasto, en otras hay leña, maíz o arvejas que solo se pueden
cultivar cuando llueve. Se calcula que una familia campesina de la sierra del
Perú necesita poseer treinta y dos hectáreas de tierra para producir el
equivalente a una hectárea de tierra en la costa, por las dificultades que
presenta. Tragadero Grande, dice Máxima Acuña, es el único lugar que tiene para
vivir porque allí hay pasto abundante, el territorio es extenso para tener
ganado y sobre todo porque, a diferencia de los otros terrenos, es el único que
tiene fuentes de agua: allí hay manantiales por todos lados. A pesar de eso,
algunos medios acusaron a su abogada Mirtha Vásquez y a Grufides, la oenegé que
dirige, de victimizar a la familia Chaupe-Acuña. Dicen que Vásquez es inmoral y
mentirosa. Incluso, cuenta la abogada, han ingresado a su casa dos veces para
romper todas sus cosas. No puede asegurar quiénes fueron pero lo sospecha,
porque no le robaron nada.
—Algo nos
tenían que cobrar —dice Vásquez, que también es profesora en la universidad y
madre de dos hijos—. Yanacocha no va a perdonarnos que le hayamos ganado un
juicio. Solo temo por Máxima y su familia. A veces pienso que esto nos está
costando más que lo que valen veinticinco hectáreas de terreno.
Hasta
marzo de 2015, la minera Yanacocha había puesto seis denuncias más por
usurpación a la familia Chaupe-Acuña. Los han denunciado por hacer una chacra
de papas, por plantar pinos en sus linderos, por salir a pastar las ovejas en
otra zona del terreno, incluso por quemar ichu para llamar a la lluvia, como es
costumbre entre los campesinos de la zona. Ahora hay un cerco de metal al
costado de su terreno que les ha cerrado el camino a Sorochuco donde hacen
trueque o compran algunos alimentos. Los comuneros y activistas que defienden
las lagunas de Cajamarca están organizándose para llegar hasta allí, construir
la casa de los Chaupe-Acuña y montar guardia para protegerlos. El presidente
regional de Cajamarca, Porfirio Medina, ha dicho que si algo le pasara a la
campesina, «el pueblo librará todas las batallas necesarias contra los abusos
de la minera». Máxima Acuña solo insiste en que así venga el dueño de Yanacocha
a disculparse, no sacará de su mente lo que ha sufrido.
—Eso está
sembrado dentro de mí —dice.
Una lluvia gruesa cae de pronto sobre
Tragadero Grande. Máxima Acuña apura el paso de sus botas de jebe para volver a
su casa. Un perro blanco y escuálido la sigue sin dejar de ladrarle.
—Se llama
Johnny —dice la campesina y suelta una risa irónica.
Dice que
es en “honor” al vigilante de Yanacocha que quemó su primera choza, y que tenía
el mismo nombre.
Una de
las últimas noches que pasé en Tragadero Grande, días antes de que destruyeran
los cimientos de la nueva casa, la pareja de campesinos y yo cenamos un plato
de sopa de fideos, envueltos en varias frazadas, sobre un par de colchones. Las
camionetas de seguridad de Yanacocha se habían estacionado cinco veces frente a
su terreno durante ese día. Unos vigilantes —acompañados de policías con
cascos, garrotes y escudos, pero sin identificación— ingresaron al predio para
tomar fotos y filmar lo que los esposos construían.
—Algo
malo va a pasar, mi coca se ha puesto amarga —susurró Jaime Chaupe, un hombre
supersticioso, mientras masticaba hojas de coca y fumaba un cigarrillo—. No sé,
hay veces en que quiero largarme ya.
La lluvia
golpeaba el techo de calamina, como si intentara romperlo.
—No te
acobardes —dijo Máxima Acuña—. A esos policías no les tengo miedo.
Entonces
apagó la vela y se acostó junto a su esposo.♦
Crónica realizada con el apoyo de Oxfam